viernes, 4 de septiembre de 2015

Homenaje a las mejores amigas del mundo

 
            Teresa, Toñi y yo nos conocimos gracias a la escritura. Supe de Tere gracias a su blog y, con el tiempo, nos vimos en persona y nos hicimos amigas. Años después, coincidimos con Toñi en un taller de escritura creativa al que nos habíamos apuntado y en poco tiempo nos convertimos en inseparables. Nos gusta hacer cosas juntas y siempre estamos buscando actividades que podamos compartir. Escribir es, por supuesto, una de ellas.
            Hace poco nos apuntamos a un taller en un centro de nuestra ciudad del que nunca hasta el momento habíamos oído hablar. La directora del mismo nos lo pintó todo de color de rosa y lo hizo bien: el día que formalizamos la matrícula salimos todas de allí contentísimas, las unas disfrutando ya de las más altas expectativas y la otra con cuatrocientos cincuenta euros más en el bolsillo... ¡Como para no sentirse en la gloria!
            Tenía que haber hecho caso a mi instinto. Me daba algo de mal rollo que la amable señora me corrigiera cada vez que hablábamos de “escritura creativa”. Ella afirmaba que el curso era de “creación literaria” (como si hubiera tanta diferencia) y a mi me parecía absurdo ser tan inflexible y colocarle una etiqueta tan pretenciosa. Pero nos dejamos llevar por la ilusión y las ganas de volver a escribir y en dos semanas ya habíamos empezado.
            Tengo muchos recuerdos de ese curso, la mayoría de ellos tan surrealistas como una película de Buñuel, pero hay algunos que se llevan la palma. El que voy a relatar tuvo lugar al mes de comenzar a trabajar en nuestros relatos. La profesora seleccionó uno de los escritos de Toñi para crear un “texto blanco” con el que trabajar en clase, por supuesto sin revelar la autoría del mismo a los alumnos.
            Nos repartió a todas el relato de mi amiga sin separación entre párrafos y sin ningún tipo de signo de puntuación, y se suponía que debíamos colocarlos entre todas hasta darle a la obra cierta consistencia. ¡Vaya caos! Nuestras compañeras no debieron entender muy bien la finalidad del trabajo, porque se dedicaron no sólo a poner puntos y comas, sino a cambiar la forma y la esencia de cada frase e incluso a cuestionar lo que la autora quería decir. Mientras hablaban, Teresa y yo mirábamos a Toñi de reojo, esperando que fuera a saltar en cualquier momento. ¡Nadie la hubiera culpado! Pero nuestra común amiga aguantó estoicamente el chaparrón. No sé si yo lo hubiera conseguido de estar en su lugar.
            Lo peor, sin embargo, aún estaba por venir. El relato de Toñi empezaba de forma evocadora y melancólica; los primeros párrafos te sumían en la añoranza de la protagonista, y te llevaban a compartir sus emociones. Sin embargo (y ahí reside la magia de ese cuento) lograba dar un giro inesperado al final, con un pequeño toque pícaro, que hacía que, junto a la protagonista, dejaras de lado la nostalgia para, a través de pensamientos más mundanos, despertar una sonrisa. Pues bien, nuestras colegas no sólo no lo entendieron, sino que alguna de ellas hasta llegó a escandalizarse. ¡Por favor, si sólo se trataba de una insinuación y, además, tan bien hecha que en ningún caso podría resultar ofensiva. Por un momento me pregunté si no nos habríamos metido en alguna secta extraña porque me resultaba incongruente constatar que casi toda la clase se comportara de una forma tan timorata y absurda.
            Salimos de clase indignadas, aunque el enfado tardó poco en convertirse en risa mientras compartíamos un café (yo la Coca-cola de rigor) en nuestra cafetería favorita. Dedicamos un buen rato a “despellejar” a nuestras colegas y decidimos darles a todas una nueva oportunidad. Y es que las chicas y yo tenemos un corazón de oro... ¡así nos van las cosas a las tres!   Y ¡qué cosas!

Imagen tomada de la red. Si el autor lo solicita, procederé a retirarla del blog.


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