miércoles, 9 de septiembre de 2015

Despistes varios y muchas risas


                         ¡Qué cosas! (segunda parte)
 
          Hoy me duele la mano, vaya asco. Desde que me la rompí se ha vuelto sensible a los cambios climáticos. Cuando me molesta tanto no puedo evitar recordar mi accidente, ni tampoco los días que pasé en rehabilitación ni las circunstancias tan tristes que atravesé. Pero, desde luego, lo que me resulta imposible de olvidar son los momentos compartidos con mis amigas y las pequeñas aventuras que vivimos. Esas anécdotas tienen la virtud de silenciar los malos momentos, relegándolos al olvido, y también me hacen reír. Es inevitable cuando recuerdo nuestras peripecias, nuestros “pequeños momentos de gloria”, como el que relato a continuación,  que tantas veces hicieron exclamar a Toñi: "¡Qué cosas!"
 
                          Despistes varios y muchas risas
            Llevar el brazo en cabestrillo tiene sus ventajas. Pocas, pero las tiene. Al menos te ceden el sitio en el tranvía y eso es un plus. O un lujo. O una puñetera suerte, porque dada la educación que se gastan los jóvenes de hoy (habló la abuela cebolleta) una no sabe nunca con lo que va a encontrarse. Pero para ser justos he de decir que esta vez el joven en cuestión (uno de estos que van tan llenos de piercings que parecen cremalleras humanas) se levantó para dejarme su plaza nada más verme subir al vagón. Tenía que realizar unas gestiones en la caja de ahorros, una labor tan tediosa que me veía incapaz de realizar sola, así que acudimos en masa: yo con mi DNI y Toñi y Teresa con su buena voluntad.
            Mientras me acomodaba, mis amigas se dedicaban a explicarme -haciendo  piruetas para mantener el equilibrio- cómo se recargaba el bonobus en la máquina expendedora que teníamos enfrente. Toñi sabía cómo manejar la dichosa maquinita;  no era la primera vez que la usaba, pero su mano derecha aún no estaba en plenitud de facultades. Ella fue la primera del grupo que se rompió la muñeca, a causa de un resbalón, mientras se ocupaba de atender a su nieto Dani. Pasó unos meses terribles y cuando yo tuve el accidente ella aún estaba en rehabilitación.
            Como Teresa era la que estaba menos impedida, o mejor dicho, la única que no lo estaba, fue la encargada de introducir los billetes mientras Toñi continuaba con las explicaciones y se aseguraban ambas de que todo salía a pedir de boca. Y así hubiera sido si, para empezar, nos hubiéramos metido en el tranvía correcto.
            Yo estaba muy cansada y dolorida y mis amigas, incómodas. Tere fue la primera en preguntar: ¿cuántas paradas faltan? Ese fue el momento en que levanté la vista para fijarme en el paisaje, primero con cierta desidia, luego con curiosidad, como si en ese momento despertara de un profundo letargo (en plan Bella Durmiente Manca). ¿Acaso nos habíamos pasado la parada? ¡Qué va! Simplemente habíamos cogido el tranvía equivocado, con las puñeteras prisas, sin darnos cuenta de que nos íbamos directas a Campello.  No hizo falta casi hablar para que las tres empezásemos a reírnos de nuestro despiste a mandíbula batiente, ante el asombro de nuestros compañeros de tren.
            Estuvimos carcajeándonos todo el viaje, hasta la última parada en que descendimos y decidimos tomarnos un merecido cafetito (yo, mi Coca-Cola light de rigor). Seguimos riendo en la cafetería... y la sonrisa sigue asomando a mis labios ahora,  a pesar del tiempo transcurrido. Un instante divertido, compartido con las mejores amigas. Su compañía fue capaz de transformar lo que podía haber sido un momento triste o simplemente anodino en una historia que aún es capaz de hacerme sonreír.

Imagen tomada de la red. Si el autor lo solicita, procederé a retirarla del blog.



 

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