martes, 24 de abril de 2018

De dinosaurios y niñas listas…

Microrrelato - De dinosaurios y niñas listas...


Siempre los dibujaba pequeñitos, porque decía que le daban miedo. Un día su madre le prometió que le compraría la muñeca que llevaba meses pidiendo si le pintaba un dinosaurio bien grande. La pequeña cogió un folio y en él esbozó un árbol enorme detrás de cuyo tronco se veía una cola dotada de púas.
_Es que se ha escondido detrás del baobab _ dijo, ante la mirada de pasmo de su progenitora_ pero es grande, mamá, te lo prometo.
Paula tuvo esa misma tarde la muñeca prometida.















Para mi Paula, que aunque ya va a cumplir los diecisiete, sigue siendo mi nena.

lunes, 23 de abril de 2018

Un visitante inoportuno


Ayer, mientras tenía que renunciar a mis propósitos de fin de semana a causa de un achaque reumático, me acordaba de las palabras de Pedro Fabelo y de como define al dolor (en su caso ciática) en uno de sus posts. (Si no conocéis su blog, cosa que dudo... ¿¿¿a qué estáis esperando???, os encantará).
Aunque son ya muchos años tratando con el malestar y aguantando sus excentricidades e incómodas visitas, para mí el dolor no es un “enemigo íntimo”, ni siquiera un “viejo enemigo”. Lo definiría como un conocido bastante plasta (yo no llamo amigo al que actúa así, enemigo tampoco), que se presenta en tu casa sin ser invitado y del que no te puedes librar. 
Ese visitante inoportuno se apoltrona en el sofá y empieza a hablarte de su vida, haciendo caso omiso de tus miradas de soslayo al reloj. Cuando se hace notar tienes la impresión de que va a quedarse ahí para siempre, fundiéndose con el “plaid” y con tu almohadón favorito y, aunque no le estás prestando atención, su monótona charla te machaca las sienes reverberando en el cráneo como un eco desquiciado.
Como no consigues que se marche, te joroba todos los planes, te inhabilita para hacer tu vida normal regalándote una sensación de frustración terrible. Cuando al final se larga, te dices a ti mismo que no debe volver a suceder, pero aunque pones todos los medios para que la situación no se repita, a las pocas semanas retorna. Y esta vez no se queda en el sofá, qué va, el desgraciado con cualquier excusa se te mete en la cama.


Al principio, cuando lograba librarme de él me decía: “espero que no vuelva nunca, nunca”. Ahora ya sé que, haga lo que haga, va a regresar a darme la paliza (por decirlo con finura). Pero quizá el hecho de verle así, como a un visitante inoportuno y algo “coñacete” que se quedará conmigo un tiempo, me ayuda a no agobiarme demasiado, a no “enfadarme con él”.
Si bien no me hizo gracia tener que cambiar de planes, pude hacer otros sin comerme demasiado la cabeza. Después de todo, pensé que si iba a tener que aguantarlo… ¡al menos que me pillara de buen humor!
Eso si… ¡¡¡espero que se largue cuanto antes!!!










 Con buen humor, las cosas saben mejor