Mi pequeño rincón, lleno de anécdotas, pensamientos, relatos y poesías. Pasa a leer, ponte cómodo y disfruta.
miércoles, 30 de septiembre de 2015
Recuerdos
He estado escaneando y
mandando unas antiguas fotos familiares a mis primos y sobrinos. Cuando
seleccionaba a quién enviarlas en la lista de contactos de Yahoo he visto la dirección
de e-mail de mi madre. Tiene todavía abierta la cuenta de Facebook que yo le
creé, en cuya foto de perfil aparece la de un gatito que escogimos juntas y que
le encantaba. Cada vez que aparece en pantalla me pongo muy triste porque la
echo muchísimo de menos, pero me niego a eliminarla, tengo la impresión de que
si lo hago sería como borrar parte de ella y no quiero hacerlo de ninguna de
las maneras, por muy irracional que parezca.
Me he puesto a
pensar en ella y en mi padre. En lo rápido que pasan los años y en cómo se
borran algunos recuerdos. Sin embargo, otros permanecen como si hubiesen sido
marcados a fuego. Yo recuerdo los últimos años que pasamos en el chalet. Mi
madre, él y yo compartimos muy buenos momentos juntos, instantes que espero
recordar siempre.
Me acuerdo de que hacíamos churros los domingos por la mañana, sin excepción. Mamá
se comía unos cuantos, pero entre mi padre y yo acabábamos con dos bandejas. ¡Que ricos estaban! Nos los tomábamos con nuestra bebida favorita en unos
tazones de desayuno que compré para los tres, cada uno en un color: el de mi padre era azul, y lo tomaba lleno de café con poca leche; el de mi madre, amarillo, era casi al revés, leche manchada. Y yo… pues me tomaba mi Coca-cola light, claro, o un zumo de naranja. Eran momentos nada trascendentes pero intensos. Intensos porque
yo me sentía muy feliz y sé que mis padres también.
Recuerdo
también cuando nos sentábamos ha hacer el pedido de Bofrost. Mi madre era la
más sensata y pedía comida “práctica” (y más o menos sana) pero papá y yo nos
dejábamos llevar por el capricho y encargábamos montones de polos y helados que
luego guardábamos en la cuba del garaje y nos zampábamos sin tregua. Y cuando
compartíamos una Coca-cola pasaba como en el cuento de los tres ositos, aunque
con los roles cambiados: el padre se tomaba el vaso grande, la hija el vaso
mediano y la madre el pequeñín (a mamá no le hacía demasiada gracia la cola).
También nos
poníamos ante el ordenador para buscar cositas con las que entretener a “las
nenas”, como llamaba mi padre a sus nietecitas, desde dibujos animados hasta
las canciones que ellas tarareaban.
Fueron
momentos, como he dicho antes, nada trascendentes pero geniales, que espero no
olvidar jamás por mucho tiempo que pase. Y espero, de alguna manera, haber
devuelto a mis padres en ese tiempo (y después) algo del amor que recibí de
ellos durante toda mi vida.
Imágenes tomadas de la red. Si el autor lo solicita, procederé
a retirarlas del blog.
martes, 29 de septiembre de 2015
Invasiones varias
¡Tengo
goteras! (duda existencial: ¿por qué yo, por qué a mí?) y eso ha supuesto meter
en mi vivienda primero a mi vecino de arriba, luego al perito de su compañía de
seguros – ambos con cámara en ristre –, y después a los trabajadores que tengan
que arreglar los desperfectos.
Ayer apareció
el pintor de la compañía y se me metió en el baño que acababa de limpiar, y es
que gracias a mi memoria de pez había olvidado por completo que me visitaría al
mediodía. Me pilló justo, justo a la hora de comer. Me había preparado una
pechuguita de pollo a la plancha, que por suerte ya había ingerido, y una
deliciosa y copiosa ensalada que acabé de deglutir como un auténtico pavo en
menos de un minuto (y eso que llevaba hasta aceitunas con hueso), es decir, el
tiempo que tardó el buen hombre en llegar desde la portería hasta la puerta de
mi casa Todo un récord, mi plusmarca personal.
Después de
media hora de “madresmías” y “pordioses” conseguí que me explicara que la filtración ha
sido importante y, mientras repetía una y otra vez meneando la cabeza con
resignación “el techo está fatal” y “se le va más del cincuenta por ciento” comprendí
que primero habría que quitar la capa de pintura estropeada y dejar que se seque
todo antes de poder remozar y dar una nueva mano.
Entonces le dio
una especie de subidón de autoestima y se presentó a sí mismo como “todo un
profesional” y “una especie en extinción”. Según él, la mayoría de sus colegas
pintarían sin dejar secar, con lo cual sólo se consigue un apaño temporal, pero
él no. Él es de la opinión de que, si hay que hacer algo, lo mejor es hacerlo
bien desde el principio.
Una vez
aclarada su filosofía vital, me dijo que
tenía que marcharse a por sus herramientas para empezar la faena. ¡Qué bien! –Pensé
– ahora se traerá una súper lijadora o algo por el estilo y me lo arreglará en
un tris. ¡Ja! Casi me da un ataque cuando vi a lo que se refería: en un bote vacío de pintura de tamaño mediano traía
una rasqueta, un trozo de esponja y el cepillo de una escoba. De eso me había
estado hablando. ¡Ah, sí, y la escalera! Una de madera, de dos peldaños,
bastante más pequeña que la que yo tengo en casa y que le acababa de ofrecer.
En fin, dicen
que si la vida te da limones hagas limonada, y yo saqué de bueno de la
situación que al menos pude charlar y reírme un rato, lo que no me vino nada
mal. Desde luego, esto está muy lejos de ser una crítica o una queja. Este
señor sí parece ser un “mirlo blanco” porque lo hizo todo bien, rápido y de
forma muy profesional y limpia, lo cual agradecí infinito. ¡Si hasta me quería
pasar el mocho después de barrer! Y,
después de todo, no le hizo falta más que su rasqueta, su cepillo de escoba y su
esponja para dejarlo todo bien terminado. Ahora sólo queda esperar los quince
días de secado como mínimo y aguantar con
más del setenta y cinco por ciento del techo de mi pobre baño
despellejado.
¿De qué me quejo
entonces? De que estoy invadida, porque primero fueron las dichosas hormigas, luego
los obreros que arreglan la fachada y ahora los que en unos días tendré también
desfilando dentro de casa. A ver si voy a tener que cerrarla por derribo, como
hizo Sabina con su corazón…
¡¡¡Ay, cuánto echo de
menos mi intimidad!!!
Imágenes tomadas de la red. Si el autor lo solicita, procederé
a retirarlas del blog.
lunes, 28 de septiembre de 2015
Elucubraciones de una Gretel entrada en años
Así es como me
siento esta mañana gris, muy filosófica y meditabunda. Lo de Gretel es porque,
como el personaje del cuento, voy dejando miguitas de pan durante mi paseo
matutino, aunque en mi caso no es para encontrar el camino a casa, sino para
que mis gorriones (que no pueden acceder a mi terraza porque está en obras)
tengan la comida a la que les he acostumbrado.
Durante el
sábado y domingo, que no están los obreros y nos dejan descansar a todos del
ruido, se la llevé a la playa, justo
debajo de la palmera donde anidan; hoy se la he puesto en otro lugar, algo más
alejado, pero donde también acuden al oírme silbar. Y así ando, ya digo, como
una Gretel entrada en años desparramando trocitos de pan por doquier.
No voy, como
en el cuento, acompañada de Hansel, sino de Fibi, que me mira fijamente con
esos ojazos suyos tan expresivos. Parece quejarse porque a ella no le doy
“chuches”. Es golosa, mucho, y tremendamente dominante y, aunque ha aprendido
a convivir con los okupas del balcón, que picotean el pan delante de su morro
sin que se inmute, no le gusta precisamente que les dedique mis atenciones, así que en cuanto me oye silbar ladra para exigir su parte, una especie de
“impuesto revolucionario”. Y, como ve que no consigue su objetivo, me
extorsiona con quejidos lastimeros.
También me ha
dado por pensar que no me espera una casita de caramelo, si no un apartamento
invadido y limitado por un andamio que los trabajadores, cargados con taladros
y martillos, recorren de arriba abajo como enormes carcomas que devoran el
edificio. Unos bichejos terriblemente ruidosos, os lo aseguro. Con tal de no
oírlos retrasaría indefinidamente el momento de volver, pero luego pienso que,
al llegar, me espera mi desayuno… ¡Y se me hace la boca agua sólo de imaginarlo!
Así que olvido a las carcomas y su runrún, dejo de lado las filosofías y
acelero el paso. Me muero por regresar a casa.
Imagen tomada de la red. Si el autor lo solicita, procederé
a retirarla del blog.
domingo, 27 de septiembre de 2015
Si no quieres arroz...

¿Se
supone que ha de darme vergüenza? Yo creo que no, aunque al principio, es decir
cuando descubrí las primeras miradas intrigadas e intrigantes hacia mi persona,
me sentí cohibida. Y es que suelo tener mucho sentido del ridículo.
Permitidme
que os hable de Albert Ellis. Fue un psicoterapeuta cognitivo estadounidense
que desarrolló la terapia racional emotiva conductual (TREC). Llegó a ser considerado el segundo de los
psicoterapeutas más influyentes de la historia, por delante de Sigmund Freud, y
rompió por completo con el psicoanálisis. Para que sus clientes lograran vencer
el sentido del ridículo les hacía realizar “ejercicios de afrontamiento”. Uno
de ellos, era salir a la calle llevando a pasear a un plátano atado a una
correa. “The banana experience” fue una
técnica que este gran psicólogo utilizaba con sus discípulos, terapeutas en
formación, quienes debían pasear el plátano solos por la ciudad de Nueva York,
incluyendo lugares como el metro. Con esta técnica lo que se pretende es trabajar la vergüenza y la
ansiedad social.
Admiro
profundamente al Dr. Ellis, pero he de reconocer que yo utilizo otro medio para
conseguir ese mismo objetivo. Dicho medio tiene nombre y no es otro que: “Si no quieres arroz…”. Y aunque sé que
sabéis como acaba el refrán permitid que sea yo quien lo termine: “dos tazas”. Mi método (aún por patentar) se llama así porque me
fuerzo a realizar aquello que más miedo me da hacer o que me provoca sensación
de ridículo. Y cuanto más miedo da o más tonta me siento, más me empeño en hacerlo. Y funciona, vaya si funciona. La primera vez que noté que me
acechaban con curiosidad bajé la voz –no sé si dialogaba con mi mascota, piaba
o tarareaba alguna tonadilla–, pero a la segunda… (o quizá a la tercera, no soy
tan chula) la alcé un poco. Y seguí caminando con la cabeza alta. Y pasado un
tiempo dejé de prestar atención a aquellos que me miraban porque me importa un
bledo que lo hagan, ya ni me fijo en si soy observada o no porque me da lo
mismo. Y eso me hace profundamente feliz. He cambiado de actitud y me siento libre.
Así que si
venís por esta zona, ésta que yo llamo mi mundo azul porque está tan cerca del
mar que se funde con él… fijaos bien porque es probable que veáis a una mujer
que trina como las aves, tararea canciones o charla con su perrita. Seré yo, así que espero
un saludo cordial… ¡o un +1 en Google+!
Un beso más
grande para Clara, que me “presentó” a Albert Ellis y a quien también admiro.

Imágenes tomadas de la red. Si el autor lo solicita, procederé
a retirarlas del blog.

sábado, 26 de septiembre de 2015
Poemita a uno de mis grandes amores...
Felicidad fría
Elixir de dioses,
néctar, ambrosía
que por mi garganta,
sutil, te deslizas.
¡No hay en este mundo
ninguna bebida
que se te compare,
Coca-cola mía!
Burbujas de plata,
cascada ambarina,
que deja a su paso
“Felicidad fría”.
No me importa nada
Si vienes servida
En un vaso largo
O una copa fina…
Con hielo o sin hielo,
Con limón o lima
¡Siempre Coca-cola,
Chispa de la vida!
Imágenes tomadas de la red. Si el autor lo solicita, procederé
a retirarlas del blog.
viernes, 25 de septiembre de 2015
Imaginación calenturienta
Tengo un
catarro de los gordos. Ayer me encontraba tan mal que pedí cita con el médico
de cabecera. Volví a casa con el diagnóstico que me imaginaba y cargada con
antibiótico, paracetamol, mucolítico y jarabe para la tos. No pude ni cenar del
dolor de garganta y como preveía una noche de insomnio, me tomé con el resto de
las pastillas una de Dormidina. ¡Menudo cóctel!
Me he
despertado muy tarde, a las ocho (normalmente a las seis y pico ya estoy en
danza) y a toda prisa me he lavado y peinado y he salido con Fibi a dar una
vuelta. La he llevado por el paseo de la playa, que nos encanta, y he
aprovechado para hacer unas fotos… o al menos lo he intentado, porque cada vez
que encuadraba, un misterioso rayo rojo aparecía en la pantalla y la cámara se
apagaba sola así que me he hartado y he
decidido dejarlo para otra ocasión.
Fibi ha
disfrutado de lo lindo persiguiendo palomas. Dos de ellas han sido lo
suficientemente valientes como para quedarse mirándola desde lo alto de una
farola, las demás han huido despavoridas. Las he observado, mientras mi gordi
daba saltos para alcanzarlas y he descubierto con horror que ¡¡¡estaban
sonriendo!!! Y, que yo sepa, las palomas no sonríen. ¿O si?
Inquieta, he
dado la vuelta para regresar y he visto la fachada de mi edificio. Parece como
si se la hubieran comido a pedazos, efectos de la remodelación. Entonces me ha
dado por pensar que parecía una versión moderna y playera de “la casita de
chocolate” y que tendría que andar con cuidado no fuera que unos ciclópeos
Hansel y Gretel fueran a acercarse para acabar de devorarla, chafándonos de
paso a mi y a mi perra con sus gigantescos zuecos de madera en su afán de dar
bocados.
He acelerado
el paso y he llegado a casa en un tris. Lo primero que he hecho ha sido ponerme
el termómetro, pensaba que me habría subido la fiebre, pero no. Ni un grado de
más, así que todo lo que ha pasado no ha sido efecto de la calentura, si no de
mi imaginación febril. ¡Menuda guasa! Me he tomado el antibiótico con un zumo,
he puesto a cargar la batería de la cámara (que estaba tan pocha como yo), me
he vuelto a meter en la cama… y hasta ahora.
Imagen tomada de la red. Si el autor lo solicita, procederé
a retirarla del blog.
jueves, 24 de septiembre de 2015
Poema vengativo
¿Recordáis el
tema “My favourite things”, de la película “Sonrisas y lágrimas”? Julie
Andrews, que hacía el papel de institutriz,
usaba esta canción durante una tormenta para infundir valor a los
pequeños de los que cuidaba. En la letra menciona las cosas que a ella le hacen
sentir alegría, cosas que le dan confianza y seguridad en los momentos
difíciles.
Bueno, aunque
me gusta muchísimo cantar no soy Julie Andrews, ni compongo música como John
Coltrane (a este artista me lo “presentó” Christian, mi antiguo profe de
inglés. Un besito) pero se me dan bien las palabras, o eso creo... por eso he
compuesto un poema muy, pero que muy especial, que puedo repetirme – o leer –
cada vez que me ponga de mala gaita al acordarme de cierta persona (los que
leéis la sección “El latiguillo” ya sabéis a quién me refiero, y los que no…
¡¡¡Leedla, no os llevará mucho y os podéis reír un rato!!!).
Os dejo con
este “desahogo en rimas”. Besos a todos (o casi todos) y feliz jueves.
Llamémosle “M”
Moco, legaña, zurullo,
rata de albañal, ladilla,
garrapata, chupa-sangre,
parásito, pulga, bicha.
![]() |
Recuerda: las hadas también saben destilar veneno |
Llaga, pústula, verruga
cáncer, cicatriz y herida,
grano de pus infectado,
forúnculo y espinilla.
Desazón, zozobra, angustia,
delirio de pesadilla,
malestar, desasosiego,
patraña, embuste y mentira.
Cementerio, espectro, engendro,
nicho, fosa, tumba fría,
depósito de cadáveres.
Bache, socavón, ruina.
Ponzoña, veneno, hiel,
sustancia urticante, ortiga.
Boñiga, mojón, estorbo,
incontinente vejiga.
Todos estos “adjetivos”
sin dudar te aplicaría,
más no quiero con tu nombre
ensuciar mi poesía.
Imagen tomada de la red. Si el autor lo solicita, procederé
a retirarla del blog.
miércoles, 23 de septiembre de 2015
El reto de la hoja en blanco
Esta viñeta me ha encantado, os la dejo también. Feliz día.
Imagen tomada de la red. Si el autor lo solicita, procederé
a retirarla del blog.
Cuartillas, holandesas... y pantallas (sigo filosófica, qué cruz)
No exagero al decir que dejé muchas horas de mi infancia en
desiertas cuartillas, así como buena parte de mi alma niña. Solía escogerlas
para mis escritos, junto a las holandesas de blanco inmaculado, cuyo nombre que
me hacía evocar la imagen de campos de tulipanes, aspas de molino girando al
sol y niñas con trenzas vestidas con trajes multicolores, delantal y zuecos de
madera tallada.
La magia de las límpidas hojas
ejercía sobre mí un influjo muy potente. Me llamaban desde el rincón de mi escritorio
pronunciando mi nombre y me sugerían comienzos de historias –algunas vividas,
otras por vivir – para que yo les trenzara un nudo y las condujera a su
desenlace.
Mi mano, mi imaginación, la pluma y
el papel se fundían en un algo único, intenso, e incapaz de ser contenido. Los
duendes y las hadas bailaban para mí mientras dejaba que mi estilográfica marcara el compás en las
cuartillas y la tinta dejara en él sus huellas indelebles. Subordinaba a mi
puro antojo la fuerza de los elementos, conjurándolos para crear alquimia y
misterio. Pero por aquél entonces yo era muy pequeña para entenderlo. Hubo de
transcurrir mucho tiempo y sacrificar muchas hojas en el altar de la Diosa
Creatividad para que me diese cuenta de que, con mis manos, podía traspasar
parte de mi esencia a un mero trozo de papel y con ello darle vida.
Las holandesas me siguen llamando
aún. También la pantalla de mi portátil me habla y me susurra comienzos de
relatos. Ahora soy consciente de la magia que invoco cada vez que me siento a
escribir, ya sea delante del ordenador o de la cuartilla. Dejo impresa en ellos
la huella de mi alma, ya sea en tinta o
presión, pulsión o acento. Sigo navegando por esos blancos mares, delineando
azules surcos que no son sino esas historias,
vividas o por vivir, que nacen de mi mente, de entre mis dedos, a cada soplo de espíritu, con cada latido de
corazón.
Imagen tomada de la red. Si el autor lo solicita, procederé
a retirarla del blog.
martes, 22 de septiembre de 2015
"Alguien"
Lo que hace escribir de noche... vuelven los fantasmas. Pero la poesía está
para ahuyentarlos.
Es una ilusión. No existe
ese ser. Sólo es quimera
pretender que exista alguien
que de este modo me quiera:
“Alguien” en quien confiar
y que esté siempre conmigo
– no importa si no es mi amante
pues sólo busco un amigo –
Uno que no me desplace
si es que encuentra otro camino,
si no que me de la mano
y comparta mi destino.
Que no mude con los cambios,
que no huya si hay peligro,
me proteja, me resguarde
y ahuyente a mis enemigos...
¿Existe ese “alguien”? ¿Existe?
No lo creo, es fantasía…
Un delirio arrebatado
De un corazón que agoniza…
Y aún así sigo esperando
que llegue hasta mí
algún día,
desterrando el cruel espectro
de la esperanza perdida.
Imagen tomada de la red. Si el autor lo solicita, procederé
a retirarla del blog.
Ruido, ruido, ruido
Siguen las
tareas de remodelación de la fachada de mi casa y esto parece ahora, como me ha
dado por pensar, el “paraíso en obras”. Todas mis increíbles vistas están
eclipsadas por andamios y por una malla color violeta que han puesto como
protección. Y justo a la altura de mi piso han puesto una pancarta que anuncia
la empresa encargada de las faenas. No me quejo, que conste, porque me quita un
poquito del sol del que antes me protegían los toldos que retiraron el viernes
pasado. Uf, qué jaleo.
Mi nueva
rutina diaria es la siguiente: me levanto temprano y desayuno, para poder
hacerlo sin sentirme observada; luego, cuando todo está ventilado, cierro el
balcón y las ventanas para que no entre nadie y saco a pasear con el perro.
Para cuando vuelvo, los obreros ¡ya están aquí-í! Y comienza la diversión:
vocean, pican, martillean, taladran y perforan, sobre todo perforan; y Fibi
ladra, que es lo suyo, para unirse a la banda sonora de mi vida actual. Así
paso toooodo el día, menos a la hora de comer que me dejan descansar y puedo
abrir un poco las ventanas. De noche también tengo que tener cerrado, porque
puede entrar toda clase de “basura”, incluso de la de dos patas.
¡Con el calor que hace todavía y yo aquí
encerrada! Y es que si abro se me cuelan cascotes y polvo, amén del estruendo
de los trabajadores, que me provoca un dolor de cabeza colosal. Y de espalda,
porque me toca volver a limpiar todo lo que había limpiado ya. Si quisiera
podría estar así todo el día, pero no quiero. No me apetece entrar en esa clase
de bucle, los bucles… para el pelo.
Para más INRI,
como esto son todo cristaleras, estoy con las cortinas corridas
para concederme un poquito de intimidad. Y ni por esas porque mientras escribo
aquí pegada a la ventana me ven a través de los visillos (y también yo los veo ir
y venir de arriba abajo, como hormiguitas trabajadoras… o como zánganos… por el
ruido que hacen y, además, porque se lo toman con una calma que pa’ qué).
Me quedan dos
meses como mínimo de tortura, ya veremos cómo me las arreglo. Por ahora llevo ya
unos días prácticamente confinada en el dormitorio. En una entrada anterior hablaba de mi apartamento de 44m2 y
de las cosas a las que había renunciado para vivir en él. Ahora podría comentar
sobre lo mucho que se puede hacer en una sola habitación. Y es que el que no se
conforma es porque no quiere.
Y mientras
escribo continuo escuchando el ruido, más ruido, siempre ruido.
Imagen tomada de la red. Si el autor lo solicita, procederé
a retirarla del blog.
lunes, 21 de septiembre de 2015
¡¡¡Han vuelto las hormigas!!!
Han vuelto las hormigas...
¡Qué fastidio!
Tengo invasión de hormigas en la despensa y ya no se que hacer. Dos semanas
atrás la vacié entera, fumigué con un insecticida específico para acabar con
ellas, y lo dejé actuar todo un día. Parecía que se habían marchado, pero no,
volvieron a aparecer a las 48 horas. En esta ocasión puse veneno tipo “Lotus”
y, para prevenir, dos trampas para hormigas,
pero no deben ser demasiado efectivas porque mis particulares okupas
volvieron al día siguiente.
Intenté cargármelas con vinagre, y creí que por fin
había dado con la solución… pero no podía estar más equivocada. ¡Nada da
resultado! No me dan asco los bichos (ni siquiera las cucarachas), y no me
provoca ningún placer deshacerme de ellos, pero tenerlos invadiendo mi espacio
vital me desespera. Además, un insecto “en solitario” es aceptable, pero en
grupito… ¡qué aprensión!
Las
hormigas vuelven, no importa que las intoxique, asfixie o chafe. Da igual si
las pongo en salmuera. Siempre regresan, como las golondrinas de Bécquer.
Volverán las oscuras hormiguitas
En mi despensa, implacables, a dejar
Un rastro sutil de feromonas
Que al pan conducirá
(Pero las que me cargo con veneno,
Las que chafo con el dedo sin piedad,
Las que ahogo en charquitos de vinagre…
Ésas... ¡no volverán!)
Se
nota que me tienen ligeramente desquiciada, ¿no? En fin, os dejo que tengo que seguir
limpiando mi despensa.
Imágenes tomadas de la red. Si el autor lo solicita, procederé
a retirarlas del blog.
domingo, 20 de septiembre de 2015
Como agua en cesto
Mi tía Mari Lola (tía de las tías, madrina
ejemplar y mujer de bandera) solía utilizar este refrán para referirse a lo
poco maduros que son algunos hombres, comparando así el afecto que te entregan
con el que dan los niños. Este dicho nos advierte de la inconsistencia de los
sentimientos de la edad infantil, en la que todo es “cambio que pasa como agua
por un cesto” y, dada su escasa consistencia, nos “previene” de la poca
confianza que se debe tener en dicho afecto. A veces también se usa para al hablar de la falta de fiabilidad de
los amores de adolescentes.
Ni el cesto está hecho para contener el
agua en su interior, ni el corazón de un niño para contener el amor. Tampoco
-según mi opinión y experiencia- el de determinados hombres y, si habéis leído
alguna entrada anterior en este blog (sección “El latiguillo”) ya sabréis por
dónde van los tiros.
Sí, de nuevo vuelvo al tema, pero es que
estoy muy dolida y necesito sacar la ponzoña de mi interior para desintoxicarme.
Y escribir sobre lo que pienso o siento, me ayuda. Esta “venganza” que ya he
calificado en otras entradas como “descafeinada y edulcorada” (creedme, si
quisiera una venganza al uso podría lograrla muy fácilmente) es la forma que tengo de “desmitificar” a
alguien que me importó y que me ha hecho muchísimo daño; es una herramienta más
para sacar de mi interior la frustración y la tristeza, riéndome incluso de mí
misma; es, simplemente, un modo de abordar lo que siento sin que me duela
demasiado… y de tomarme la revancha un poquito, que mira que resulta
gratificante. Y divertido.
Por eso, al acordarme de este refrán, he
pensado dedicárselo a Marcos y usarlo para mi entrada de hoy que destila un
poquito de veneno y mucha ironía. Así que ya sabéis:
“Amor de
hobbit, agua en cesto”.
¿He dicho de
hobbit? Quería decir “de niño”… es que la edad no perdona.
Feliz domingo a todos (o a casi todos).
*”Mi hobbit” era el apelativo cariñoso que le
di a Marcos
Imagen tomada de la red. Si el autor lo solicita, procederé
a retirarla del blog.
sábado, 19 de septiembre de 2015
De los despistes de Toñi
Mis
despistes suelen ser bastante chocantes; los de Teresa, frecuentes. Pero los de
Toñi no sé cómo calificarlos, sólo se me ocurre definirlos como “legendarios”.
Una
mañana quedamos las tres para realizar unas gestiones en el centro. Nuestro
punto de encuentro suele ser la estación del tranvía de la Plaza de los Luceros.
Cuando llegué me encontré a Toñi esperando cerca de la máquina expendedora de
tickets. La vi desde lejos: iba ataviada
como suele ir siempre en verano, con sus pantalones cortos, una blusa o camiseta a
juego, un sombrerito de paja y sus gafas de sol. Sin
embargo, en esta ocasión había algo que desentonaba y, desde luego, no era la
ropa. ¿Qué era lo que no cuadraba?
La
estuve observando mientras avanzaba hasta ella. Parecía como si el sol le diera
en la cara, dejando parte de ésta en
sombra y la otra con luz, pero eso era imposible porque, como he dicho, estábamos
en la estación de Luceros que es subterránea. Giré la cabeza de un lado a otro
para verla bien, mientras nos saludábamos con la mano y al fin, cuando llegué a
su lado, descubrí cual era la pieza que no encajaba: llevaba tan sólo un
cristal de las gafas de sol.
Eso
ya resultaba gracioso, pero lo mejor fue que no se había dado cuenta de que
había ido “tuerta” desde que había salido de casa hasta ese momento. Mi
amiga intentó averiguar dónde podía haber perdido el cristal, tenía que haber
sido en el mismo tranvía o en la estación, pero al final descubrimos que se encontraba en
la mismísima funda de las gafas, lo que quiere decir que salió de su piso con
ellas puestas pero con una sola lente.
Teresa nos
encontró cuando subíamos las escaleras mecánicas, muertas de risa las dos. Le
conté el despiste de nuestra común amiga y se unió a nosotras en las
carcajadas.
¿Cómo no se había dado cuenta? Le hicimos esa
pregunta mil veces, y nunca obtuvimos una respuesta satisfactoria. “Son cosas
que me pasan” – nos decía. Y, cada vez que lo hacía, se escuchaba con renovadas energías el coro
de nuestras risas.
Imagen tomada de la red. Si el autor lo solicita, procederé
a retirarla del blog.
viernes, 18 de septiembre de 2015
Una escena, seis versiones
Estamos de obras en la comunidad (¡Socorro!). Desde ayer tengo la terraza invadida por los obreros, que ya me han dejado sin toldos y sin vistas. Las únicas... las "huchas" (en estos dos días he visto más que en Santa Faz) y éstas que comparto en el blog. Nada más hacerlas me ha venido a la mente esa famosa instantánea de los obreros sobre la viga en un rascacielos de Nueva York... y este es mi pequeño homenaje.
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FOTO ORIGINAL |
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VERSIÓN PAREJITA |
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VERSIÓN "FRIENDS" |
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VERSIÓN VINILO DECORATIVO |
VERSIÓN LEGO |
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MI VERSIÓN - DESDE CASA |
Microrelato borde y ficticio
Se
despertó en la cama que tantas noches había compartido con su ex novio y
descubrió con sobresalto que no estaba sola. Alguien yacía junto a ella,
durmiendo plácidamente. Era Marcos, el hombre que le había roto el corazón, o
por lo menos se parecía mucho a él, pero al mismo tiempo era un extraño, un
individuo desconocido que le hacía sentir miedo y repulsión a un tiempo.
Se incorporó
despacio para no despertarle, conteniendo la respiración. Sentía un sabor
metálico en los lados de la lengua y notaba el tamborileo del corazón, que se
aceleraba por momentos. Tocó bajo la almohada y notó que aún seguía allí: era
un cuchillo de monte que había pertenecido a su padre. Lo aferró firmemente y
lo descargó con fuerza una y otra vez sobre el pecho de aquel miserable que
había osado invadir su intimidad. Vio como se abrían sus ojos de la sorpresa y
observó como se extinguía la luz en ellos. Todo se volvió rojo como la sangre
que le corría por las manos… y entonces se despertó cubierta de sudor y
llorando amargamente.
Sara, que
había ido a pasar unos días con ella, acudió al dormitorio casi de inmediato.
Su amiga tenía pesadillas cada noche desde que había roto con su novio. Habían
tenido una relación tormentosa que había tocado a su fin cuando ella descubrió
que aquél a quien amaba era prácticamente un desconocido para ella, un
hipócrita y un cobarde.
En cuanto contaba lo que había sucedido y se daba cuenta de que todo
era un mal sueño solía calmarse, pero en esta ocasión Sara no conseguía que su amiga dejara de
llorar. Intentó tranquilizarla explicándole que no se trataba más que de una
ilusión, pero ella seguía hipando y derramando lágrimas.
– Ya lo sé, ya lo sé – dijo entre
sollozos – Ya sé que todo ha sido una pesadilla, pero no es eso…
– Entonces, ¿por qué sigues
llorando? – le preguntó su amiga alarmada
– Ay – respondió con un suspiro –
¡¡es que algunos sueños no se hacen realidad!!
Imagen tomada de la red. Si el autor lo solicita, procederé
a retirarla del blog.
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