Cada mañana, antes de salir rumbo a
la escuela, Paula dejaba en el balcón de su casa un plato grande repleto de migas
de pan para los gorriones. En cuanto los oía piar salía para ponerles su
comida. Estaba muy orgullosa de los progresos que estaba realizando con ellos.
Al principio, se marchaban en cuanto ella se asomaba, pero ahora podía
permanecer en un rincón de la terraza y
las aves no se sentían intimidadas ante su presencia. Estaba convencida
de que los estaba domesticando y que acabarían por comer de su mano.
Un día escuchó un gran barullo que
provenía del árbol donde los gorriones tenían su nido. Trató de ver qué sucedía
pero no lo consiguió y al final se marchó a hacer los deberes, preocupada,
pensando que quizá un gato había trepado hasta una de las ramas… pero no podía
estar más equivocada. En realidad, los pájaros celebraban una fiesta: por fin,
después de mucho tiempo, habían conseguido amaestrar a un ser humano. Sólo
tenían que silbar para que ella saliera a ponerles la comida… ¡y eso había que
festejarlo!
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Imagen de la red. Procederé a eliminarla del blog si el autor lo solicita |