Cuando era
pequeña y se aproximaba algún acontecimiento (navidad, la noche de reyes, una
excursión del cole…) las noches anteriores al evento no pegaba ojo, o al menos
me costaba una barbaridad conciliar el sueño.
Se supone que
estas cosas cambian con la edad, pero no es mi caso, sigo igual. Cuando algo me
ilusiona o me preocupa, me pongo nerviosa y me cuesta dormir, porque en mi
cabeza bullen demasiadas ideas, todas revueltas, y es imposible ponerlas en
orden.
El pasado
viernes me decidí (¡¡¡por fin!!!) a pedir presupuesto y orientación para
ampliar un poco mi diminuto cuarto de estar, acristalando parte de la terraza,
que es muy grande. Y claro, ya que me meto en reformas, voy a cambiar el suelo.
El que tengo ahora es detestable. Queda bonito, es color crema, sin aguas… pero
lo que tiene de malo es que se ve cada cosita que cae en él: un pelo, una miga
de pan, una pelusa, un cachito de alga que ha traído Fibi entre los pelos de
las patas… y yo puedo convivir con cierta cantidad de “suciedad y desorden”…
siempre que no lo vea. Y como lo veo, me paso el día con la escoba a cuestas y
estoy hasta el moño.
Así que, si
todo va bien y el presupuesto se ajusta a lo que tengo pensado, ampliaré el salón,
cambiaré el suelo de casi toda la casa… y pasaré un mes (mínimo) viviendo a
salto de mata en 44 m2
de habitaciones en obras (ayyy, qué estrés) pero… si queda tan genial como
imagino, valdrá la pena.
Entre los
momentos que paso pensando en los trabajos de la reforma y los que destino a
imaginar cómo quedará todo… ¿entendéis por qué me cuesta tanto dormir?
¡Y ahora, me
voy con mi hermana a elegir suelo! Os cuento mañana.
Besos a todos y feliz miércoles
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