miércoles, 14 de octubre de 2015

Paréntesis, comillas y guiones


Me encantan los paréntesis, van bien con mi mente “acotadora” (sí, ya lo sé, la palabra no está contemplada por el DRAE, pero a mí me mola, define de maravilla lo que intento expresar, a saber: que mi cabecita intenta clasificarlo todo, establecer categorías y acotar los pensamientos, casi hasta etiquetarlos). Son signos de puntuación inestimables, que me gustan muchísimo.
Es fascinante poner cerco a algunas palabras o frases, delimitar su poder y hasta su significado. Por eso creo que no hay relato mío en el que no incluya alguna de estas “verjas lingüísticas” en miniatura.  También me atraen las comillas, cuando se usan para decir lo que acabas de decir, pero de otro modo. Así puedo ser más poética sin llegar a parecer cursi, irónica sin ser cruel o más sincera sin resultar brusca. Es como si con ellas dejase hablar a mi “alter ego” pero sin manifestarlo expresamente, y eso me encanta.  Hasta para cuando pones un “palabro” sirven… ¿lo veis? No sé que haría sin ellas. 
Con paréntesis y comillas tengo la sensación de crear mundos aparte, (“espaciotiempos” alternativos, subtextos dentro del texto, líneas narrativas que pueden resultar aclaratorias… o todo lo contrario). Ambos me ayudan a expresar de forma gráfica mis procesos mentales, aunque he de ser sincera: estos son tan embrollados que a veces tiendo a abusar de ellas. No puedo evitarlo y, la mayoría de las veces, no quiero hacerlo porque están muy afianzadas en esto que constituye “mi estilo” y son parte de mi forma de ser. Las uso hasta en mis poemas, haciendo a veces compañía a mis bienamados guiones, que también sirven como delimitadores de rimas.
Paréntesis, comillas y guiones forman parte de mí y, como al resto de lo que conforma mi esencia, he aprendido a amarlos.
 
 

Imagen tomada de la red. Si el autor lo solicita, procederé a retirarla del blog.

 

martes, 13 de octubre de 2015

Histeria colectiva


            Cuando tenía veintipocos (que tiempos aquellos) participé en un episodio de histeria colectiva. Ahora lo recuerdo con una sonrisa, pero en aquel momento fue una experiencia difícil.
Estaba pasando una temporada en Francia con un grupo de amigas, pues habíamos obtenido una beca de estudios en la Universidad del Franco Condado, Besançon. Una tarde salimos a comprar a unos grandes almacenes y hubo un momento en que nos separamos. Cuando nos encontramos a la hora prevista ante las cajas para pagar la compra e irnos a casa nos dimos cuenta que faltaba una de las integrantes del grupo y era muy extraño porque todas sus cosas, el abrigo y el bolso, estaban en uno de los carritos.
            Empezamos a inquietarnos, nos dividimos y la buscamos por el supermercado, pero cuando nos volvimos a reunir nadie había dado con ella. Todas nos alteramos muchísimo, algunas más que otras, y entonces empezó la histeria. ¡Había desaparecido y era IMPOSIBLE que estuviese fuera pues hacía muchísimo frío, y no podía haber regresado a casa porque estábamos donde Cristo perdió el zapato y, ni llevaba dinero, ni bonobús, ni bolso ni nada… y en aquellos tiempos no teníamos móviles!
            A partir de ahí todo fue degenerando: SEGURO que la habían secuestrado, ella era una persona formal, si hubiera tenido que irse nos lo habría dicho; además, atraía bastante la atención de los chicos, así que era lógico y razonable que alguien la hubiese raptado. Y claro, lo más probable es que se la hubiera llevado a las cámaras frigoríficas, donde sin duda la encontraríamos, descuartizada.
En ese momento ya llorábamos todas. Estábamos tan convencidas y seguras de que algo terrible había sucedido que llamamos a los guardias de seguridad del centro y les exigimos que la buscaran… incluso en las cámaras frigoríficas. ¡¡¡Y lo hicieron!!! O bien nos creyeron entonces o bien se sumaron al ataque de histeria, aunque en el fondo lo que me parece es que no querían enfrentarse a seis españolas chifladas capaces de organizar un incidente diplomático. Así pues volvimos a dividirnos en grupos: unas, acompañaron a los guardas a recorrer el centro y visitar las cámaras; otras, fueron a llamar por teléfono de nuevo a la residencia donde vivíamos, por si acaso la habían visto llegar; otra amiga y yo nos dirigimos a la central de policía más cercana. Acabábamos de  llegar cuando avisaron de que la habían localizado: se había ido al cine con unos amigos que se había encontrado en el centro comercial.
            Los polis nos miraban con una mezcla de pena, enfado y sorna, y nos pidieron con frialdad que no se volviera a repetir semejante episodio. Ninguna sabía bien cómo reaccionar: por un lado estábamos felices de que nuestra amiga estuviera a salvo, pero por otro nos fastidiaba la preocupación y el ridículo que su desconsideración nos había hecho pasar.
Volvimos a la residencia muertas de vergüenza. Ella tardó mucho en regresar, supongo que estaría esperando a que se nos pasara el cabreo. Mientras, el resto de mis amigas y yo, como venganza, no le dejamos nada para cenar. Mejor pasar un poco de hambre que acabar descuartizada en una cámara frigorífica, ¿no?



Imagen tomada de la red. Si el autor lo solicita, procederé a retirarla del blog.