domingo, 4 de octubre de 2015

Búsqueda



Imagen tomada de la red. Si el autor lo solicita, procederé a retirarla del blog.
Búsqueda
He viajado buscando
una mirada perdida
en la memoria lejana
de una existencia vacía;
he escarbando con mis ojos
rastreando mil pupilas
en rostros grises, de piedra,
que perdieron su alegría
trasnochando en cuerpos rotos
con la inocencia marchita.
Recorrí otros tantos brazos
sin encontrar la caricia
de una ternura sin nombre;
¡Qué triste es la letanía
de ese llanto que no es llanto
o la exclamación fingida
de placer!  El amor que no es amor
se convierte en pesadilla:
días sin luz, noches de sol
y una eterna soledad por compañía.
Al fin, te hallé en mi camino
de vuelta de muchas vidas,
tras recorrer mil senderos
no hoyados; y qué alegría
reconocerme en tus ojos
y mecerme en tu sonrisa,
saber que he llegado a casa,
que acabó la travesía:
en ti he encontrado mi patria
y tu alma ahora es la estrella que me guía.

sábado, 3 de octubre de 2015

El berrido huracanado

 


Cerca de mi casa vive una señora que saca a pasear a sus mascotas, todas las mañanas, a la misma hora que yo. Lleva a un perrito chiquitín, atado,  que es  ladrador, insurrecto y tremendamente enojoso. También lleva a uno grande que siempre va suelto y que, si bien no ladra, es tan huraño como su compañero.  La dueña, cuyo nombre omitiré por razones obvias, tiene el mismo carácter que sus animales de compañía, así que cuando nos los tropezamos le digo a Fibi: “Mira, tres chuchos paseando juntos”.

Desconozco el apodo del perro enano, pero el grande tiene un nombre simple y fácil de recordar: “Blanco”. ¿Por qué se llama así? Pues porque la dueña tiene de original lo que yo de ingeniero nuclear: el animal es de ese color. Punto. ¿A que mola?

El chiquitín es el primero que ladra cuando Fibi y yo nos cruzamos en su camino. Y no sólo ladra, se lanza a atacar y arrastra a la dueña tras de sí. Y, encima, incita al grande. Y entonces es cuando realmente comienza la diversión porque, aunque con los animales puedo lidiar, lo que no soporto son los gritos de la señora, que vocifera con todas las fuerzas de sus pulmones: “¡Blaaaancooooooo! ¡Blaaaaaancooooo!” Y para colmo de males usa un tono de ultrasonido que reverbera en mis tímpanos y los deja insensibles durante al menos un cuarto de hora. Os preguntaréis si hace algo más (y si no os lo preguntáis da igual, yo os lo cuento de todos modos). Pues no. Solo aúlla, debe pensar que con eso interviene lo suficiente.

No culpo a los animales, creedme. ¡Pobres bichos! No me extraña que estén desquiciados con la falta de disciplina que tienen, a mí también se me iría la pinza si me dieran órdenes contradictorias todo el rato. Y no pretendo haceros creer que Fibi es un modelo de virtudes, yo tampoco soy la mejor ama el mundo, pero al menos yo la llevo atada y controlo lo que hace o por lo menos lo intento, y lo primero es llevarla siempre con su correa.

 Son pocos minutos los que estamos juntos, pero intensos. El perro pequeño se calla una vez cumplida su misión que no es otra que provocar a los demás, y deja de tirar de la cadena. En ese momento su ama empieza a caminar a largas zancadas pero con parsimonia, acompañando cada dos o tres pasos con uno de sus berridos huracanados. “¡Blaaaancooooooo! ¡Blaaaaaancooooo! ¡Blaaaaaancooooo!”

Cuando llego a casa aún puedo oír su voz a lo lejos, y sé con certeza que habrán encontrado a otro a quien molestar.
 
 

 
Imágenes tomadas de la red. Si el autor lo solicita, procederé a retirarlas del blog.