domingo, 20 de septiembre de 2015

Como agua en cesto

 
      Mi tía Mari Lola (tía de las tías, madrina ejemplar y mujer de bandera) solía utilizar este refrán para referirse a lo poco maduros que son algunos hombres, comparando así el afecto que te entregan con el que dan los niños. Este dicho nos advierte de la inconsistencia de los sentimientos de la edad infantil, en la que todo es “cambio que pasa como agua por un cesto” y, dada su escasa consistencia, nos “previene” de la poca confianza que se debe tener en dicho afecto. A veces también se usa  para al hablar de la falta de fiabilidad de los amores de adolescentes.
      Ni el cesto está hecho para contener el agua en su interior, ni el corazón de un niño para contener el amor. Tampoco -según mi opinión y experiencia- el de determinados hombres y, si habéis leído alguna entrada anterior en este blog (sección “El latiguillo”) ya sabréis por dónde van los tiros.
      Sí, de nuevo vuelvo al tema, pero es que estoy muy dolida y necesito sacar la ponzoña de mi interior para desintoxicarme. Y escribir sobre lo que pienso o siento, me ayuda. Esta “venganza” que ya he calificado en otras entradas como “descafeinada y edulcorada” (creedme, si quisiera una venganza al uso podría lograrla muy fácilmente)  es la forma que tengo de “desmitificar” a alguien que me importó y que me ha hecho muchísimo daño; es una herramienta más para sacar de mi interior la frustración y la tristeza, riéndome incluso de mí misma; es, simplemente, un modo de abordar lo que siento sin que me duela demasiado… y de tomarme la revancha un poquito, que mira que resulta gratificante. Y divertido.
      Por eso, al acordarme de este refrán, he pensado dedicárselo a Marcos y usarlo para mi entrada de hoy que destila un poquito de veneno y mucha ironía. Así que ya sabéis:         

                   “Amor de hobbit, agua en cesto”.

¿He dicho de hobbit? Quería decir “de niño”… es que la edad no perdona.
 
Feliz domingo a todos (o a casi todos).

 *”Mi hobbit” era el apelativo cariñoso que le di a Marcos

Imagen tomada de la red. Si el autor lo solicita, procederé a retirarla del blog.

sábado, 19 de septiembre de 2015

De los despistes de Toñi


            Mis despistes suelen ser bastante chocantes; los de Teresa, frecuentes. Pero los de Toñi no sé cómo calificarlos, sólo se me ocurre definirlos como “legendarios”.

            Una mañana quedamos las tres para realizar unas gestiones en el centro. Nuestro punto de encuentro suele ser la estación del tranvía de la Plaza de los Luceros. Cuando llegué me encontré a Toñi esperando cerca de la máquina expendedora de tickets. La vi desde lejos: iba ataviada como suele ir siempre en verano, con sus  pantalones cortos, una blusa o camiseta a juego, un sombrerito de paja y sus gafas de sol. Sin embargo, en esta ocasión había algo que desentonaba y, desde luego, no era la ropa. ¿Qué era lo que no cuadraba?

            La estuve observando mientras avanzaba hasta ella. Parecía como si el sol le diera en la cara,  dejando parte de ésta en sombra y la otra con luz, pero eso era imposible porque, como he dicho, estábamos en la estación de Luceros que es subterránea. Giré la cabeza de un lado a otro para verla bien, mientras nos saludábamos con la mano y al fin, cuando llegué a su lado, descubrí cual era la pieza que no encajaba: llevaba tan sólo un cristal de las gafas de sol.

            Eso ya resultaba gracioso, pero lo mejor fue que no se había dado cuenta de que había ido “tuerta” desde que había salido de  casa hasta ese momento. Mi amiga intentó averiguar dónde podía haber perdido el cristal, tenía que haber sido en el mismo tranvía o en la estación,  pero al final descubrimos que se encontraba en la mismísima funda de las gafas, lo que quiere decir que salió de su piso con ellas puestas pero con una sola lente.

Teresa nos encontró cuando subíamos las escaleras mecánicas, muertas de risa las dos. Le conté el despiste de nuestra común amiga y se unió a nosotras en las carcajadas.

 ¿Cómo no se había dado cuenta? Le hicimos esa pregunta mil veces, y nunca obtuvimos una respuesta satisfactoria. “Son cosas que me pasan” – nos decía. Y, cada vez que lo hacía,  se escuchaba con renovadas energías el coro de nuestras risas.

Imagen tomada de la red. Si el autor lo solicita, procederé a retirarla del blog.